París, viernes negro.

UNA MONEDA

            Dicen que cuando alguien muere por un Dios, muere su Dios con él.
Desollar un suspiro a la infamia,

rescatar una tragedia de su falsa orfandad,

dejar que el rojo seque el pincel

y lamerlo como un verbo al relatarlo.

 

Flanquear la vida por la sed

es vivir en el temblor del mundo,

resbalar en la cara mojada del demonio,

en la boca espumosa del horror

y su cartelito del cuello jurando una moneda.

 

Cabe en cualquier vaso o cualquier voz

el blanco roto de su hálito,

pendiente de su puro puto veneno maloliente,
llevará siempre un nombre,
siempre mayor maldad en su primera letra,

deuda siempre de sangre,

salvación en el ametrallamiento,
eco perdido de humanidad.

 

Vive el horror del horror,

pide una moneda imposible.

 

Algo juega con la cortina,

algo mata aquí y salpica los zapatos,

algo rebufa al oído su H maltrecha y retorcida,

 

pide su moneda en el centro de su ser,

de pie en el escándalo de la matanza.

 

Pero no hay moneda para eso, no existe,

por eso mismo la inventó.

 

            Para París, un sábado negro 14 de noviembre de 2015.

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